Rinconete y Cortadillo (Miguel de Cervantes)

Episodio III de las «Novelas Ejemplares» de Miguel de Cervantes.

Rinconete y Cortadillo es una novela corta de género picaresco escrita por Miguel de Cervantes entre 1601 y 1604 y publicada en 1613 dentro de las Novelas Ejemplares. A través de la figura del pícaro, Cervantes pone en liza las contradicciones sociales de la época y lleva a primer plano la corrupción y desigualdad existentes. Pareciera que está hablando de la época actual, pero no, han pasado más de 400 años desde entonces.

Resumen de Rinconete y Cortadillo

Grabado de la «Venta de El Molinillo», lugar donde se conocieron Rinconete y Cortadillo.
Venta de El Molinillo – Fuente

La historia de Rinconete y Cortadillo empieza en una posada conocida como la Venta del Molinillo. Dicha venta era sitio de descanso para las gentes que se adentraban en Andalucía desde Castilla la Nueva. En este lugar, «un dia de los calurosos del verano se hallaron en ella acaso dos muchachos de edad hasta de catorce á quince años el uno, y el otro no pasaba de diez y siete».

Los jóvenes, aunque en forma envidiable, estaban que daba pena verlos, de sucios y andrajosos que iban. Ni calzado en condiciones llevaban, pues el dinero que ganaban sólo les alcanzaba para malvivir. El mayor viajaba con lo puesto, siendo su único equipaje una baraja de cartas desgastada y una espada de mano y media. El más chico llevaba sus pertenencias en un petate hecho con una camisa raída, y entre sus ropas ocultaba una navaja de cachas amarillas. Cada uno por su lado salió a descansar a un cobertizo que había frente a la venta, donde entablaron conversación.

El pequeño -de nombre Diego Cortado– era aprendiz de sastre. No quiso decir su origen, apenas que procedía de algún lugar entre Salamanca y Medina del Campo[1]. Harto de la indiferencia paterna y de los malos tratos que le dispensaba su madrastra, huyó de su casa rumbo a Toledo, donde quiso ganarse la vida como sastre. No tuvo suerte con esto[2] y al muchacho sólo le quedó la opción de delinquir. Huyó de la Ciudad de las Tres Culturas tras llegar sus hazañas a oídos del Corregidor, y ahora viajaba sin rumbo, esperando encontrar a alguien que le sacara de la mala vida.

El mayor dijo llamarse Pedro del Rincón y ser de Fuenfrida[3], donde su padre trabajaba como bulero[4] de la Santa Cruzada. Pedro aprendió el oficio y ayudaba al padre preparando y vendiendo las bulas, hasta que un día la ambición le cegó, y en lugar de entregar la recaudación, huyó del pueblo con los dineros. Puso rumbo a Madrid, donde le detuvieron por el robo. Al tratarse de un muchacho, su castigo fueron unos cuantos latigazos y el destierro de la Villa y Corte por cuatro años. Deambulaba a la aventura y ganaba algún dinero gracias a su baraja de cartas, los misterios de la cual quiso enseñar a su nuevo amigo.

Porque era tanta la necesidad de los muchachos de tener alguien en quien confiar y que les anclase al mundo, que desde ese mismo día se convirtieron en los mejores amigos, sellando la buena nueva con un cálido abrazo.

Imagen de Rinconete y Cortadillo atacando al arriero que quería quitarles el dinero que habían ganado en la partida.
Rinconete y Cortadillo – Fuente

Tras las presentaciones, pusieron manos a la obra y sacaron la baraja. Mientras jugaban a la veintiuna[5], un arriero que había salido a refrescarse pidió unirse a la partida, a lo que ambos aceptaron encantados. Media hora después, lo habían desplumado: doce reales y veintidós maravedís le sacaron.

Se habría quedado ahí la cosa si el arriero no hubiera sido de mal perder. Pero quiso recuperar su dinero y, ¡ay, amigo! Por ahí los chavales no pasaron. El uno echó mano a su espada y el otro a su navaja. Y habría acabado muy mal la cosa de no ser por la intervención de otros arrieros que estaban en la venta.

Para mayor suerte de los jóvenes, en ese momento pasó por allí una caravana que se dirigía hacia Sevilla y que, al ver la pelea, les invitó a viajar con ellos. De este modo, Rinconete y Cortadillo lograron escabullirse de la trifulca y, junto a sus salvadores, enfilaron el camino hacia la capital Hispalense.

El trayecto fue tranquilo, pues, a pesar de las tentaciones, los muchachos querían estar a bien con quienes les habían acogido y llegar salvos a Sevilla, así que se comportaron y sirvieron a los viajeros en todo lo que pudieron. Mas tanto va el cántaro a la fuente, que al final… En la aduana de entrada a Sevilla, Cortado no pudo reprimirse y rajó la maleta de un francés, de la que sustrajo un par de camisas de calidad, un reloj de sol y un librillo de memorias[6].

«El muchacho de la esportilla». Cuadro de Ramón Bayeu y Subías, pintado sobre 1786.
«El muchacho de la esportilla»
Ramón Bayeu y Subías
©Museo Nacional del Prado

Si bien el botín no era gran cosa, consiguieron venderlo en un mercadillo y ganar 20 reales, los cuales emplearon en comprar lo necesario para trabajar en la esportilla, esto es, una suerte de mozos de reparto que cargaban las compras y las llevaban al domicilio o lugar que les indicaban. Los jóvenes gustaron de esta ocupación, pues era buena pantalla para ejercer la real, a saber: robar. Y eso hicieron desde el principio para rentabilizar un poco más las caminatas que se daban.

Lo que ellos ignoraban era que en Sevilla el robar estaba sujeto a reglas. En concreto, las que imponía un tal Monipodio[7], ante quien les aconsejaron presentarse en cuanto el primer ladrón autóctono les pilló faenando. Y eso se dispusieron a hacer, pues como dijo Cortado: «en cada tierra hay su uso, guardemos nosotros el désta». Que es el conocido allá donde fueres, haz lo que vieres.

De camino a casa de Monipodio, el sevillano les ilustró en los usos y costumbres del gremio de las malas artes, que venía a ser una cooperativa de la delincuencia en la que se repartían trabajos y ganancias. Para aplacar la furia divina (y, de paso, la conciencia), de cada hurto se donaba una parte con el fin de costear el aceite de una imagen[8] venerada en la ciudad. Rezaban diariamente el rosario, y muchos de ellos se abstenían de robar los viernes, así como evitaban hablar con mujeres llamadas «María» los sábados[9].

Eso sí, se mantenían lejos de la iglesia y hacían caso omiso de las posibles excomuniones. Digamos que la cofradía tenía sus propias reglas y no se atenía a normativa ajena. Lo que Monipodio dispusiera iba a misa y a nadie se le ocurría rebatirlo. Los monipodios usaban la religión a su conveniencia, igual que hacían otros. Además -sostenía el ladronzuelo- «hay cosas peores que robar».

A Cortado todo esto le pareció una contradicción. Tenía claro que robar estaba mal, y él mismo no lo haría si hubiese tenido otra opción. El a Dios rogando y con el mazo dando al muchacho no le acababa de convencer. Igualmente quiso comparecer ante Monipodio, pues ya que el destino les puso en esa tesitura, lo mejor era pasar el trago cuanto antes.

Rinconete y Cortadillo en el jardín de la casa de los ladrones, esperando a que les reciba Monipodio.
Esperando a Monipodio – Fuente

Mientras charlaban sobre la forma de vida en la cofradía arribaron a destino. Monipodio estaba ocupado, así que los chavales tuvieron que esperar un rato en el patio. En lo que se familiarizaban con el lugar empezó a llegar gente, cada cual de su padre y de su madre. Los muchachos miraban con atención tanto la composición del sitio, como a los personajes que iban llegando. Por fin, cuando en el patio se juntaban ya 14 personas, bajó las escaleras «el más rústico y disforme bárbaro del mundo». O sea, Monipodio, que empezó por interrogar a los jóvenes.

Ambos tuvieron que dar cuenta de su nombre y procedencia. Monipodio les rebautizó al punto: Rinconete y Cortadillo eran apodos perfectos dada la edad de los muchachos. Indagó por el nombre de los padres con el pretexto de encargar misas por su alma, pero los jóvenes se las ingeniaron para guardarse el dato alegando que sus progenitores aún vivían. Por último, quiso saber las virtudes de cada uno, para asignarles trabajo acorde a su valía.

Tan elaboradas fueron las respuestas de Rinconete y Cortadillo a las preguntas de Monipodio, y tan vehemente la reacción del primero al bofetón de prueba que le dieron, que todos quedaron impresionados. Aunque a decir verdad, esto no tenía gran mérito, pues casi todos los integrantes del grupo eran brutos, analfabetos y de escaso vocabulario. Unánimemente decidieron que los jóvenes se unieran a la cofradía pasando sólo tres meses de noviciado (de prueba).

Bosquejo de Monipodio charlando con el alguacil de los pobres.
Monipodio y el alguacil – Fuente

En este punto entró corriendo uno de los vigilantes, que alertaba a Monipodio de la inminente llegada del alguacil de los vagabundos. Pese al susto general, el alguacil no era de temer, ya que andaba en tratos con el jefe de los delincuentes (ya sabes, yo hago la vista gorda a cambio de una cantidad o de que tú hagas esto otro). La visita del alguacil tenía que ver con una bolsa sustraída a un familiar suyo aquella mañana.

Resultó que el ladrón de la faltriquera había sido Cortadillo, quien, tras perpetrar el robo, pasó el botín a Rinconete, que lo custodiaba. Este último dio un paso al frente para entregar a Monipodio la bolsa con los quince escudos de oro y explicar lo que había sucedido. Por su parte, Cortadillo sacó un pañuelo que también robó a la misma persona esa mañana. Por la acción, el muchacho se ganó el apelativo de Cortadillo «El Bueno». El líder de los delincuentes le permitió quedarse con el pañuelo y salió a entregar la faltriquera al alguacil.

Monipodio regresó al rato acompañado de dos mujeres: GananciosaEscalanta (el oficio de las cuales era el más antiguo del mundo), quienes fueron a encontrarse con dos de los rufianes que andaban por el patio: ChiquiznaqueManiferro. Este último debía su apodo a la mano de hierro que llevaba, ya que le cortaron la mano derecha por robar.

De seguido llegó Silbato, quien portaba un cesto con comida y bebida de la que todos (menos la señora Pipota, madre de Monipodio, que anunció su marcha) se dispusieron a dar cuenta. En lo que comían, llegó Juliana «La Cariharta» -otra meretriz- que había tenido más que palabras con su novio e iba a quejarse a Monipodio.

El tema es que el Repulido (el novio) era aficionado a las timbas y la noche anterior se le dio mal la partida. Como se quedó sin blanca, mandó un recadero a casa de Cariharta para que le diese 30 reales con que pagar su deuda. Pero Cariharta sólo tenía 24, y al Repulido eso le encolerizó. A la mañana siguiente cogió un cinturón y no dejó un palmo del cuerpo de la muchacha sin amoratar. Luego se arrepintió y pidió perdón, como pasa siempre en estos casos. Y el mismo teatrillo se presentó a hacer en casa de Monipodio, consiguiendo que Cariharta le perdonase.

Mientras solucionaban lo anterior, dos ancianos pidieron permiso a Monipodio para ausentarse de la casa. A Rinconete le pareció raro que personas tan mayores pudieran ser de utilidad a la cofradía, así que preguntó al capo qué papel jugaban esos dos. Y en realidad eran muy valiosos, pues eran avispones.

«La Cariharta» llegando a casa de Monipodio
«La Cariharta» – Fuente

La misión de los avispones era husmear. Controlaban quién se ausentaba de su casa para saquearla durante la noche, quién sacaba dinero de la Casa de la Moneda y dónde lo dejaba, qué muros eran más propicios para abrir un butrón… En fin, su trabajo era recorrer toda la ciudad buscando oportunidades de delinquir. Y a cambio, se llevaban el 5% de lo que se recaudaba con los robos. Como extra, ejercían de chivatos con sus propios compañeros.

Solventado el asunto entre Cariharta y Repulido, llegó a la casa un joven para reclamar por un encargo mal hecho. El tipo en cuestión había encargado que le diesen una cuchillada de 14 puntos a un mercader, pero los delincuentes se la habían dado al criado. Monipodio llamó a Chiquiznaque y Maniferro, que le explicaron su proceder argumentando que el mercader tenía una cara demasiado pequeña y no le cabían los puntos contratados. Estuvieron disputando un rato y, finalmente, el joven aceptó pagar el trabajo y encargó una nueva cuchillada para el mercader.

Rinconete leyendo los encargos pendientes en el libro de memorias de Monipodio.
Rinconete – Fuente

Y es que los monipodios servían para todo, eran el gremio del mal. Del mismo modo que robaban, saqueaban casas o controlaban la prostitución, también acosaban, insultaban, apalizaban, acuchillaban o mataban en nombre de sus clientes. Los encargos pendientes los llevaba anotados Monipodio en un libro de memorias, junto al precio que tenía que cobrar y los responsables de ejecutar cada trabajo. Los domingos se juntaban para recibir formación del jefe y, de paso, repartirse el botín semanal.

Tras la comida, Monipodio asignó un lugar de trabajo a Rinconete y Cortadillo y les dio algunas instrucciones para su día a día: no tener un domicilio fijo, no dormir más de dos noches en el mismo sitio, y la más importante de todas, que era no hablar ni del gremio, ni de sus integrantes. Les citó al siguiente domingo e hizo que Ganchoso les acompañase al que sería su territorio en los próximos días.

Y así termina la historia de Rinconete y Cortadillo, caminando hasta la Plaza de San Salvador junto a Ganchoso mientras pensaban en todo lo que habían vivido esa mañana. Que para ellos era nuevo, pues en unas pocas horas habían pasado de ser un par de pícaros que roban por su cuenta, a formar parte de una banda organizada de maleantes.

A Rinconete y Cortadillo les hacía gracia el hecho de que los delincuentes, tras cometer alguna de sus fechorías, fuesen a venerar a algún santo o rezaran el rosario, creyendo que así su mala acción sería borrada. También les llamó la atención el escaso vocabulario que tenían, confundiendo palabras de uso común como «adversario» y «aniversario», «destrucciones» e «instrucciones», o que dijesen «popa y soledad» para referirse a una misa con «pompa y solemnidad».

Les asombraba la idolatría que profesaban todos por Monipodio, un ser «desalmado» a juicio de los chavales. Pero, sobre todo, les sorprendía el hecho de que toda la maraña de actividades ilícitas se llevase a cabo sin el más mínimo recato. No necesitaban esconderse para delinquir, pues había funcionarios untados que hacían la vista gorda. Y, probablemente, muchos de sus clientes serían gente de posibles que no quería mancharse las manos.

Cuando se quedaron solos, Rincón decidió aconsejar a Cortado que no permaneciese demasiado en aquel lugar, pues esa vida no podía traerles nada bueno. Pero nos quedamos con las ganas de saber qué fue de ellos y si pudieron salir de la delincuencia, o si en cambio la delincuencia acabó con ellos.

Personajes de Rinconete y Cortadillo

– Rinconete y Cortadillo. Dos jóvenes huidos de sus respectivas familias que sobreviven gracias a la picaresca (hurtos y cartas trucadas). Por azar llegan a Sevilla, donde terminan siendo parte de una banda criminal.

– Monipodio. El jefe del gremio del mal. Controla y organiza la delincuencia de toda Sevilla, nadie delinque allí sin rendirle cuentas. Impone severas reglas a los miembros de la cofradía y se asegura de que todos las cumplen. También actúa como juez en las disputas entre los integrantes del grupo.

– Chiquiznaque, Maniferro y Repulido. Sicarios. Se encargan de ejecutar las palizas, navajazos u homicidios que la gente de dinero contrata a la cofradía.

– Gananciosa, Escalanta y Cariharta. Prostitutas que están bajo la protección de Monipodio. Lo que viene a decir que Monipodio también controla el ejercicio de la prostitución en la zona.

– Ganchoso, Silbato. Rateros de poca monta que se ocupan de captar nuevos miembros para el clan.

– Avispones. Controlan todo lo que pasa en la ciudad, incluyendo las actividades de sus compañeros para que nadie haga negocios a espaldas de la cofradía.

– Vigilantes. La casa de Monipodio está constantemente vigilada por tres cofrades.

– Pipota. Madre de Monipodio. Es la devota por excelencia del clan. Algunos ladrones pasan por su casa para que les esconda lo robado.

Referencias

^ (1) Una de las ediciones consultadas para hacer este resumen (Madrid, 1846) cita El Pedroso como lugar de nacimiento de Cortado. Sin embargo, otras ediciones aluden a Mollorido. Por último, existen ediciones que no señalan ningún lugar, anotando sólo que el pueblo de Cortado está en algún punto entre Salamanca y Medina del Campo.

^ (2) Para poder ejercer como maestros o profesionales, los aprendices debían acreditar sus conocimientos pasando un examen de aptitud. Pero no podían examinarse sin presentar un certificado de limpieza de sangre que atestiguase que ni ellos, ni sus antepasados, eran judíos o moriscos. En tanto que Cortado maldice su situación familiar y no presenta ese certificado, se puede inferir que, efectivamente (y como gran parte de la población en aquella época) tenía antepasados moriscos o judíos.

^ (3) Fuenfría o Fuente Fría, en la Sierra de Guadarrama.

^ (4) El bulero era la persona encargada de hacer y vender las bulas de la Santa Cruzada.

^ (5) Juego de naipes que consiste en sacar cartas de un montón hasta sumar 21 puntos o, en su defecto, lograr la cifra más cercana.

^ (6) La RAE lo define como un «libro que sirve para apuntar en él lo que no se quiere fiar a la memoria». Atendiendo al uso que Monipodio hace de su libro, sería el equivalente a una agenda actual.

^ (7) Aquí Cervantes juega con las palabras, puesto que llama Monipodio al líder de la banda de ladrones cuando, en realidad, un «monipodio» es una asociación de delincuentes.

^ (8) El aceite se usaba como combustible para mantener encendida la lámpara que alumbraba las imágenes.

^ (9) El no robar los viernes es un paralelismo de la costumbre católica de no comer carne ese día, como establece el Canon 1251 de la Iglesia Católica: «Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo». Por otra parte, la costumbre de no hablar con mujeres de nombre María los sábados podía deberse a que el sábado es el día dedicado a la Virgen María.

 

©© Las imágenes que ilustran la entrada y la imagen principal han sido extraídas del libro «Rinconete y Cortadillo», publicado en Madrid en 1846 y cuya versión digital puede encontrarse en la Biblioteca Digital «Memoria de Madrid».

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